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La fe en la tempestad

La fe en la tempestad

Nuestra historia arranca un 13 de mayo, en concreto del año 2019. Un golpe de la vida nos llevaba a las puertas de las urgencias de la Clínica El Ángel. Minutos que se hicieron horas. Horas que se hicieron eternidad. Aquella puerta que había atravesado mi hermano con un pronóstico de mano catastrófica, era la imagen donde se clavaban nuestros ojos esperando la aparición de un cirujano que nos informara de una operación que se hizo eterna.

Durante ese tiempo, las oraciones y rezos hacia Jesús Cautivo, la Trinidad y la Esperanza se hacían constantes buscando el consuelo necesario ante estas situaciones de la vida. Del mismo modo se hacían a través de una medalla de la Virgen del Carmen que mi abuelo le había dejado a Rafa cuando falleció.

Las llamadas se encadenaban interesándose por el desenlace. En una de estas llamadas, apareció en la pantalla el número de una de esas personas que pasan de ser amigo a convertirse en hermano. El nombre de Óscar brillaba en la pantalla de mi móvil. Me llamaba para temas profesionales, pero, el oir mi voz quebrada fue la antesala del silencio tras explicar la situación que estábamos pasando. Su voz me transmitía la fe y la esperanza en que todo saldría bien.

Se abrieron las puertas y el cirujano nos impregnaba de una esperanza prudente, pendiente de una evolución de horas. La próxima vez que vería el móvil aparecía una fotografía de la madre de Dios, la que protege las aguas de nuestra bahía. No hacían falta más palabras. El tiempo pasó y cinco operaciones después, mi hermano volvía a pisar la calle. Quedaba una lucha larga y ardua por delante. Pasaron los días y llegó ese día especial. Días antes recibía la llamada de Óscar: “Te espero el domingo”.

Temprano levanté a mi hermano. Pocas palabras cruzamos entre los dos en los casi 20 kilómetros que separan la casa de esa playa a la que nos dirigíamos. Con los pies descalzos sobre la arena y con las olas yendo y viniendo sobre nosotros, esperábamos Su llegada. Sonidos de sirenas anunciaban la llegada de la Reina de los mares. Abrazado a mi hermano pude contemplar como dos remos servían de varales para sacarla de una embarcación que la acercaba a la orilla. Cuatro elegidos se dirigían a las aguas para introducirla de nuevo en ellas sobre sus hombros.

Sin que mi hermano supiera nada, un polo revestía mi cuerpo para poder acercarme al varal y poder llevarla sobre mi hombro para agradecerle tanto y tanto que le había pedido. Unos metros marcaban la distancia hasta el templo, pero para mí no existía nada que me pudiera distraer de esa conversación pendiente con Ella.

Tras la misa volvimos a la playa. La música de la Trinidad Sinfónica nos acompañaba por esa senda marcada sobre la arena. Las lágrimas salieron a relucir. Aquello que veía tan negro hacía meses, ahora lo veía con energías renovadas llenas de la mirada de paz de la madre del Carmen. Al llegar a la carpa, el abrazo con mi hermano valía todos estos meses de incertidumbre mezclada con esperanza.

Pasaron los meses y llegó la pandemia. Meses duros y difíciles en los que todos perdimos a alguien. Nos mantuvimos firmes y salimos adelante hasta llegar el año 2022. Al amanecer, un grupo de hombres y mujeres con sus uniformes submarinistas y el polo azul marino se acercaban hasta la iglesia del Carmen para recoger la corona y el cetro de la reina de los mares. Allí estaba yo, viendo y sintiendo los primeros pasos de la madre del Carmen Coronada sobre los hombros de mis hermanos de la devoción que superan las tempestades de la vida asidos a la medalla que un día les fue impuesta tras ser portada por Ella hasta San Gabriel.

De allí hasta la playa, el tiempo se hizo eterno. Todos íbamos deseando llegar. Una embarcación me llevaba hasta las aguas donde reina durante todo el año la reina de los mares y nuestros corazones.

Sus hijos se introducían en las aguas para bajar a rescatarla de las aguas durante unas horas. Poco a poco iban apareciendo las burbujas que anunciaban Su llegada. Los minutos se hicieron eternos pero al fin, allí estaba Ella.

Llegaba un momento difícil de explicar. Los rezos, el canto de la salve marinera y el encuentro, sobre las aguas de nuestra bahía, de las reinas del Carmen. Pocas palabras podría encontrar para explicar esa salve marinera que me despertó del sueño.

La llegada a la bahía y la procesión hasta la parroquia me traerían una nueva sorpresa. Allí, entre los fieles que esperaban la llegada de la madre de los submarinistas, mi hermano esperaba su llegada. La lucha sigue. Asido a la mano de su pareja, sus ojos seguían buscando los ojos de la madre del Carmen.

Esta vez, la vuelta a la playa sería de felicidad porque nadie mejor que Ella para demostrarme que la esperanza y la fe nos mantienen unidos, asidos a esa ancla que, firme, se clava en la tierra de la devoción. Dios escribe recto en renglones torcidos y así me unió a la madre del Carmen de los submarinistas. De las puertas de unas urgencias que me cortaban el respirar a las aguas que me calman entre salves marineras. Una mirada, unas manos abiertas y una oración de salvación, cuya devoción introdujera mi abuelo en nuestras vidas y portara sobre la medalla que cuelga del cuello de mi hermano. Del desasosiego a la esperanza en mares de devoción.

Ahora y siempre Viva la virgen del Carmen, protectora de los submarinistas.

Siempre fuertes, en las tempestades de la vida, prendidos de Su mirada.

Fran Cabello.